A lo largo de los años, algunas personas con las que compartí aulas, proyectos y espacios de trabajo dejaron palabras que hoy adquieren un significado especial. Son voces de exalumnos, colegas y compañeros de camino que ayudan a mirar una trayectoria también desde los ojos de quienes la compartieron.
Este espacio permanecerá abierto a nuevas voces que, con el tiempo, permitan seguir reconstruyendo distintas etapas, experiencias y encuentros de ese recorrido.
Eladia Retamosa
Exalumna del Colegio Nacional Luis Clavarino · Turno noche
Cuando pienso en Edith y en aquellos años del secundario, lo primero que aparece en mi memoria es su humanidad.
En una época en la que la relación entre profesores y alumnos muchas veces estaba marcada por una distancia muy evidente, ella era diferente. Era una profesora a la que se respetaba, por supuesto, pero que también se podía sentir cercana. No necesitábamos dejar de ser alumnos para poder acercarnos a ella; ella encontraba la manera de acercarse a nosotros.
Recuerdo especialmente esa capacidad que tenía para ponerse en nuestro lugar, para escuchar, para comprender y, de alguna manera, para abrazar al adolescente que cada uno era en aquellos años.
Tenía esa sensibilidad de saber que detrás de cada alumno había una historia, sentimientos, dificultades, sueños y también muchas inseguridades.
Quizás en ese momento no éramos plenamente conscientes de lo que significaba encontrar a un adulto que nos mirara de esa manera. Con los años uno aprende a valorar mucho más a esas personas que dejaron una marca sin necesidad de imponerse, simplemente estando, escuchando y acompañando.
Y hay algo que para mí demuestra profundamente quién fue Edith: el vínculo no terminó cuando terminó la escuela. Muchos años después seguimos en contacto, seguimos hablando, seguimos encontrándonos de alguna manera. Hoy podemos comunicarnos por WhatsApp y compartir cosas de la vida, y eso me hace pensar que aquello que construyó con sus alumnos trascendía las paredes del aula.
Para mí, Edith no fue solamente una profesora de mi adolescencia. Fue una de esas personas que nos enseñan también sin proponérselo, a través de su manera de ser, de tratar al otro y de mirar a quienes tenía delante.
Si hoy tengo que decir algo sobre ella para acompañar su historia de vida, diría simplemente que Edith fue una profesora que supo estar cerca cuando estar cerca no era algo tan habitual. Una mujer humilde, humana y sensible, que hizo que sus alumnos pudiéramos sentirnos escuchados y valorados.
Y creo que hay pocas cosas más lindas que poder decir, tantos años después: Fuiste mi profesora, pero también fuiste alguien que dejó una huella en mí, y por eso todavía estás presente en mi vida
Alejandra Gaona
Exalumna del Colegio Nacional Luis Clavarino · Turno noche
Alejandra cursó sus estudios secundarios en el turno noche junto a sus dos hijas mellizas, Carolina y Mirian. Al recordar aquellos años, compartió estas palabras:
Sinceramente, el recuerdo que tengo de Edith Amores es el de una gran persona, un ejemplo a seguir. Siempre nos atendió con amor, no solo a nosotras sino, en general, a los demás estudiantes.
Fueron de las mejores etapas que tuvimos en ese colegio, con gente maravillosa, y entre ellas Edith.
Una paciencia, un amor de persona. No lo hacía por obligación; lo hacía por su esencia.
Leticia Leonardi
Colega · Compañera de trabajo en la Escuela Secundaria N.º 3 “20 de Junio”
Cuando pienso en Edith, aparecen primero su sonrisa y su buen humor. Esos rasgos que parecían acompañarla siempre, incluso cuando la vida le presentaba dificultades. Edith tenía esa capacidad tan especial de encontrar un motivo para sonreír, para compartir una charla, para hacer más amable un momento.
Fue mi compañera de trabajo y, con el tiempo, también fue mi rectora en la Escuela Secundaria N.º 3 “20 de Junio”. Desde ese lugar pude conocer no solamente su capacidad profesional, sino también su manera de vincularse con quienes la rodeaban.
Edith era una mujer con una enorme capacidad para gestionar, para organizar, para tomar decisiones y llevar adelante aquello que se proponía. Tenía esa fortaleza que muchas veces se necesita para conducir una institución, resolver dificultades y asumir responsabilidades. Pero quienes tuvimos la suerte de compartir con ella sabemos que detrás de esa mujer capaz y resolutiva había también una colega afectuosa, cercana y generosa.
Guardo con mucho cariño los momentos que compartimos fuera de la escuela. Algunas veces nos reuníamos en su casa y otras en la casa de Susy Figún. Eran encuentros sencillos, de esos que quizás en el momento parecen cotidianos, pero que con el paso del tiempo se convierten en recuerdos valiosos. Charlas, risas, encuentros entre compañeras y esa sensación de compartir algo más que un trabajo: compartir una etapa de nuestras vidas.
Y ahora que la vida pintó canas en nuestras cabezas, tuve la enorme suerte de volver a encontrarla. El destino nos reunió nuevamente para compartir sueños, proyectos y luchas en la ONG Casa Club.
Y allí volví a reconocerla.
Sigo viendo en sus bellos ojos ese brillo que denota su espíritu inquieto, emprendedor y creativo; esa maravillosa capacidad de imaginar nuevos proyectos, planificarlos y trabajar con entusiasmo para hacerlos realidad. Hay personas que nunca dejan de soñar, y Edith es una de ellas. El paso del tiempo no apagó esa fuerza interior que siempre la caracterizó, sino que la convirtió en una mujer aún más rica en experiencias, pero con el mismo deseo de construir, transformar y sembrar esperanza junto a otros.
Compartir nuevamente proyectos con ella en Casa Club fue también descubrir que algunas amistades pueden atravesar distintas etapas de la vida y reencontrarse intactas en aquello que realmente importa: los valores, los sueños y las ganas de ayudar a otros.
Por eso, cuando pienso en Edith, no pienso solamente en una compañera de trabajo o en una rectora. Pienso en una amiga, en una mujer que supo combinar capacidad y sensibilidad, firmeza y afecto, responsabilidad y alegría.
La vida nos permitió compartir primero una etapa profesional y después volver a encontrarnos en otros caminos. Y en ambos momentos encontré a la misma Edith: comprometida, entusiasta, creativa y profundamente humana.
Algunas personas pasan por nuestra vida y quedan asociadas a una etapa. Otras, en cambio, atraviesan el tiempo y siguen formando parte de nuestra historia.
Hay personas que dejan huella no solamente por lo que hicieron, sino por la manera en que hicieron sentir a quienes compartieron el camino con ellas.