Aquí comparto historias reales de una trayectoria dedicada a la educación, la gestión y el trabajo con otros. Experiencias que dejaron aprendizajes, plantearon desafíos y ayudaron a construir una manera de comprender, acompañar y transformar.
Cuando un alumno sabía más que la profesora
Esta historia ocurrió en la Escuela Técnica N.º 1 “José María Sobral”, de Gualeguaychú. Estaba a cargo de una clase de Programación en BASIC con un grupo de aproximadamente veinte alumnos del Ciclo Superior de Administración de Empresas. Para la mayoría eran sus primeros pasos: comenzábamos con la diagramación para luego avanzar hacia la programación.
En ese grupo había un alumno que ya tenía conocimientos de BASIC muy superiores a los que estábamos comenzando a trabajar. Su presencia me planteó un desafío: ¿cómo acompañarlo sin frenar su aprendizaje y, al mismo tiempo, sostener el proceso del resto del grupo, que recién comenzaba?
Decidí entonces proponerle un camino diferente. Como ya estaba avanzado en los contenidos que debía enseñar al resto del grupo, le expliqué que, para no retrasar su aprendizaje, le asignaría tareas específicas acordes con sus conocimientos. A cambio, le propuse colaborar conmigo en el mantenimiento de la sala de cómputos y acompañar a sus compañeros como alumno tutor. La idea le encantó y asumió ese lugar de maravilla.
Con el tiempo comprendí que aquella decisión había sido mucho más que una manera de resolver una diferencia de niveles dentro del aula. Fue reconocer lo que ese alumno ya sabía, ofrecerle nuevos desafíos y, al mismo tiempo, convertir ese conocimiento en una oportunidad para colaborar con otros. No se trataba de frenarlo ni de separarlo del grupo, sino de encontrar para él un lugar diferente dentro del aprendizaje compartido.
Muchos años después, aquel alumno es hoy colega mío y Jefe de Bomberos de Gualeguaychú. Cuando pienso en aquella experiencia, recuerdo que educar también puede ser eso: reconocer lo que cada persona trae consigo, confiar en sus capacidades y encontrar la manera de convertirlas en una oportunidad para crecer junto a otros.
Lo que esta experiencia me enseñó
Enseñar también es reconocer que no todos necesitan lo mismo al mismo tiempo. Acompañar implica observar qué puede aportar cada persona, ofrecerle desafíos acordes con sus posibilidades y generar espacios donde sus capacidades también puedan ponerse al servicio de otros.
Acompañar no siempre significa enseñar algo nuevo; a veces significa reconocer lo que el otro ya sabe y ayudarlo a encontrar dónde ponerlo al servicio de los demás.
Cuando incluir significó cambiar la mirada
La situación ocurrió con un grupo de alumnos de 7.º grado, en el inicio del nivel secundario. Durante una hora libre, un juego entre estudiantes terminó cruzando un límite: como parte de una prenda, algunos alumnos realizaron una acción inapropiada y humillante hacia sus compañeras. Era una conducta que no estaba expresamente contemplada en el reglamento escolar, pero entendí que no podía quedar sin una respuesta educativa clara.
La situación me produjo mucha preocupación. Era necesario establecer un límite y dar una respuesta acorde con la gravedad de lo ocurrido, pero no quería que esa respuesta significara simplemente expulsar o apartar a los alumnos de la escuela. Necesitaba encontrar una manera de que comprendieran lo sucedido, asumieran una consecuencia y, al mismo tiempo, transformar esa experiencia en una oportunidad educativa
Había además una circunstancia que me interpelaba especialmente. En el grupo participaba un alumno que utilizaba silla de ruedas y requería cuidados especiales. Por sus condiciones había quedado al margen de lo ocurrido, como una especie de “observador forzoso”. Aquello me generaba impotencia: no quería que una experiencia destinada a trabajar con el grupo volviera a dejarlo afuera. La respuesta que encontrara debía permitir también que él participara, desde sus posibilidades, junto con sus compañeros.
Decidí entonces transformar la sanción en una experiencia de trabajo compartido. Organicé un taller que se realizaría los sábados por la mañana y en el que participaría todo el grupo. La propuesta consistió en recuperar botellas de plástico y reutilizarlas para confeccionar cortinas. Había una consecuencia concreta por lo sucedido, pero también una tarea que exigía compromiso, cooperación y la posibilidad de construir algo entre todos
Al principio lo vivieron como un verdadero castigo: un sábado por la mañana significaba levantarse y volver a la escuela cuando podían estar haciendo otra cosa. Pero durante esos encuentros también conversamos sobre lo ocurrido y, poco a poco, fueron comprendiendo por qué aquello había estado mal y por qué era necesario hacerse responsables de sus actos
Las botellas se fueron convirtiendo en cortinas y el taller empezó a adquirir otro sentido. Cuando terminaron, los chicos llevaron sus trabajos a sus casas y la respuesta de las familias fue muy positiva. A sus padres les gustaron tanto que algunos alumnos decidieron hacer nuevas cortinas para otros familiares. Lo que había comenzado como una consecuencia por una conducta inapropiada terminó generando algo que ellos mismos quisieron seguir haciendo.
Muchos años después, cuando me encuentro con alguno de aquellos alumnos, todavía recuerdan aquel taller y me lo mencionan. Tal vez esa sea una de las señales más valiosas de aquella experiencia: la sanción pasó, pero el aprendizaje permaneció.
Lo que esta experiencia me enseñó
Educar también implica poner límites. Pero una consecuencia puede hacer algo más que señalar lo que estuvo mal: puede ayudar a comprender, reparar y construir una manera diferente de actuar. Aquella experiencia me enseñó que sostener la autoridad no significa excluir, sino encontrar respuestas que permitan aprender de lo ocurrido y volver a construir con otros.
Poner un límite también puede ser una forma de educar: no se trata solamente de sancionar lo que estuvo mal, sino de crear una oportunidad para comprenderlo y transformarlo.